domingo, 27 de octubre de 2013

Aptitud emocional

Hola mis querid@s,  siempre digo y me digo, hay que tener actitud, pero hoy hablamos de aptitud. Y ya que estoy jugando con las palabras, creo que en resumen hay que tener actitud para formar la aptitud emocional. Así que, actitud para leer más abajo lo que nos escribe sobre este tema Patricia Ashuel.

Aptitud emocional

Una investigación mundial realizada por The Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations arrojó este sorprendente resultado:
El cociente de éxito se debe en un 23%  a las capacidades intelectuales y un 77% a las capacidades emocionales.

Y yo me pregunto de ser así ¿Por qué en la escuela no no nos enseñan a manejar estas capacidades?
En mi práctica como coach me doy cuenta que la problemática que mas llega a mi tiene que ver con no saberse manejar en la vida emocionalmente. Rara vez la solución de alguien estuvo en un curso o en el aprendizaje de una técnica.
Educarse a nivel emocional se traduce en mejor calidad de vida, mayor rendimiento en el trabajo y sensaciones mas positivas y de felicidad.

Ser uno mismo es tan sencillo
como desnudarse en público.
Sólo nuestros prejuicios
pueden hacernos pensar que es difícil.

¿De qué estamos hablando cuando decimos educarnos a nivel emocional?
Sostengo que es estar en contacto con nuestras emociones, saber qué las disparan y a qué acciones nos predisponen.
Necesitamos saber expresar nuestros sentimientos, promover nuestra flexibilidad, desarrollar la capacidad de un pensamiento divergente, ponernos en contacto con nuestra creatividad y nuestra intuición, aprender  a controlar nuestros impulsos y la presión social.
Los enojos y las frustraciones  son patrimonio de todos, sin embargo la persona que es inteligente emocionalmente sabe que no vale la pena la pérdida de tiempo y el gasto energético y se enfoca en otra cosa.

Recuerda que si el Plan A no funciona,
el alfabeto tiene 26 letras mas.

Daniel Coleman en su libro Inteligencia Emocional dice que la emoción es la energía de nuestra vida, pero para que sea positiva hay que educarla.
¿A qué se referiría con educarla?
Pienso que podría ser promover y desarrollar las aptitudes emocionales de cada uno hasta lograr un máximo potencial.
Y de la misma manera que hoy nos educamos intelectualmente mas allá de lo que nuestros padres pudieron brindarnos también es nuestra responsabilidad en el tiempo presente educarnos emocionalmente en lo que consideramos que nos falta.

Si caminas solo irás mas rápido.
Si caminas acompañado llegarás mas lejos.

¿Cuál es tu capacidad de respuesta emocional?
¿Consideras que estás presente en tus emociones eligiendo cuáles quieres vivir y cuáles evitar?
¿Cuánto tiempo te quedas atrapado, sin respuesta, en una emoción negativa como el enojo, la bronca o el resentimiento?
¿Si hicieras un balance de tu vida afectiva o laboral que porcentaje le pondrías a tus emociones positivas y negativas?
¿En tu vida eliges tener razón o ser feliz?

Es una locura odiar a todas las rosas
porque una te pinchó o renunciar a nuestros sueños porque uno no se cumplió.
El Principito


Patricia Ashuel

lunes, 21 de octubre de 2013

La nueva frecuencia de amor

Estaba buscando algo que compartir con ustedes y me encontré con este texto que me envió una buena amiga hace mucho tiempo, allá por mediados del 2009. Después de leerlo, sorprenderme y volver a leerlo, me di cuenta que avanzado fue este texto en aquel año, sobretodo para mí. Ahora lo vuelvo a leer y me llega pleno, lo entiendo mejor, me saca una sonrisa, porque entiendo que así debe ser, que así ES.
Sé que estos textos que hablan de amor son un poco controvertidos y no son de especial atención para muchos de ustedes, pero realmente  el amor mueve el mundo, y en sus múltiples facetas definitivamente es así, ya que cada uno ama como puede y no precisamente como nos cuenta este texto. Pero bueno, como les decía los otros días, hay que abrir la mente y el corazón J
Dany

La nueva frecuencia de amor

Por Ana María Frallicciardi


Si buscas el Amor tira abajo todas tus creencias y olvídate de las experiencias vividas.
 Empieza de nuevo por donde nunca se te hubiera ocurrido que anda el Amor buscándote a ti.
El Amor es una energía que fluye libremente en todo el Universo.
Hay que aprender a pedirla y tomarla desde la Fuente Ilimitada.

El Amor “llega” desde el Centro de Amor Universal hacia el centro interno de cada uno.
Ábrete, tira tus corazas y deja que esta maravillosa energía disuelva los sentimientos negativos de separación y soledad.

Cuando logres estados de paz y bienestar “desde adentro y sin esfuerzos”el Amor ha estado acompañándote no lo dejes ir hay mucho más por hacer juntos lo descubrirán.
Nuevas formas de relacionarnos amorosamente están surgiendo en estos tiempos.
 En las últimas décadas hemos crecido mucho en la expresión de los sentimientos y el amor.
En este milenio el amor se abre como un loto de mil pétalos que da múltiples posibilidades para salir de nuestras limitaciones y carencias.

¿Qué es el amor?

El amor es ENERGIA que viene de la Energía Universal Creadora. El amor es un estado de completa felicidad se disfruta cuando uno se abandona en el sentimiento y deja que todo fluya sin obstáculos.

Los seres se están encontrando para activar la nueva conciencia del amor y así poder sacar lo mejor de sí y crecer espiritualmente porque el amor es el camino más genuino para el nuevo crecimiento interior. Desde el amor sin condicionamientos ni expectativas las almas están sanando viejas heridas de soledades y abandonos y están creando un estado interior más pleno y seguro.

El amor es amor y nada más no se encadena a ningún contrato o filiación. Si deseas vivir con la persona amada vive. Pero no pongas obstáculos en la convivencia no exijas al otro lo que éste no tiene para dar, no le compliques la vida con reclamos. Deja que la relación fluya libremente. Respeta sus espacios, sus tiempos, sus gustos y que te respete a ti. No sientas obligaciones en ningún momento ni sometimiento o dependencia. No calles lo que sientes pero habla con dulzura.

Hay muchas maneras de comprometerse en las relaciones y uno cree que todo eso es amor, generalmente es dependencia emocional, necesidad de que otro llene tus vacíos y encima los llena mal. No busques el amor afuera. Tienes que aprender a generarlo desde tu centro cardíaco, llenar tu aura, tu mente, tus palabras del amor que tomarás del Amor Universal y luego expresarlo. Todo en tu entorno vibrará en el amor y no habrá más carencias ni abandonos.

Reflexiona sobre estos aspectos: ¿Por qué cargas al amor con tantos condicionamientos?:

Te amo aunque…te amo porque…te amo pero….El verdadero amor no es nada de todo eso.
El amor es un sentimiento que fluye puro sin distorsiones.

Una cosa es convivir y compartir la vida con alguien y otra cosa es amar a alguien.
Lo ideal es que se den ambas cosas juntas.

Pero si no lo has logrado y convives con alguien a quien ya no amas clarifica tu interior, acepta la realidad y no eches culpas afuera, en tu camino de evolución estaba el desamor para que ahora busques el amor que no es sólo tener a otro sino poder relacionarte amorosamente con TODOS.

Si en el plano humano no encuentras cómo llenar tu vacío de amor comienza una tarea de crecimiento interior para conectar la Fuente Eterna de Amor Universal y entonces estarás vibrando también en el amor humano.


El amor está llamado a cubrir el Universo…

…pero mientras no nos demos cuenta…
…que somos nosotros los que tenemos que llamar invocar, fabricarse amor y luego proyectarlo…
…el amor no puede conocerse, no puede proyectarse, no puede operar en la humanidad…
… porque eso depende de nosotros y no de otras fuerzas cósmicas.

Nosotros somos antenas cósmicas para recibir información divina, información espiritual y difundirla y entonces de esa forma poder producir mayor inquietud por conocer el amor que es lo que está sucediendo en esta Nueva Era.

La verdadera conciencia de amor comienza a entenderse ahora, en la medida en que salimos de todo tipo de creencias limitadoras. Los verdaderos sentimientos que restaurarán nuestra vida están fluyendo desde una dimensión superior de compresión de la vida donde el Ser encuentra su resonancia espiritual y puede conectar el amor en su esencia pura: esa energía que se expresa……
Para gran parte de la humanidad en estos momentos el amor está mezclado con necesidades sexuales, fantasías culturales, reemplaza carencias.
Depende de las creencias de cada individuo que el amor de felicidad o produzca dolor.

Muchos ya han comprobado que con la cabeza no se ama. El sentimiento amoroso surge desde el pecho. Es una energía de determinada frecuencia vibracional que se condensa en el chakra cardíaco y desde allí sale y se expresa. Quienes tiene bloqueos energéticos en el centro cardíaco no pueden expresar esta energía con facilidad y se sienten solos y angustiados.

Cuando este centro vibra en una determinada frecuencia y entra en resonancia con otro ser que está en la misma frecuencia se produce un intercambio amoroso pleno. Esto puede darse una sola vez varias veces por mucho tiempo por toda la vida humana. Todo depende de la capacidad para mantener esa sintonía. Es por ello que el amor no pide ni da, se expresa. A veces encuentra resonancia y respuesta y otras veces no.

¡Cuántas historias de amor pueden caer con este concepto! Con la excusa de “lo hice por amor”se esconden muchísimas formas de manipulaciones, resentimientos, necesidad de poder o de dependencia. ¡Basta de telenovelas!

Después de comprender este nuevo concepto de amor, no tiene sentido hablar de los celos ni de fidelidad.
Se es fiel con uno mismo y con los propios sentimientos.

Con el crecimiento interior se logra ser consecuente e íntegro con uno mismo. Sólo desde este lugar de armonía interior se puede fluir un verdadero sentimiento amoroso profundo y puro.
Este estado amoroso pleno es el que se expresa en todos los niveles de la vida no sólo en el amor de pareja.

Uno ama LA VIDA y ama a todos los seres. La fuente de amor está dentro de uno y no necesita que venga a llenarla nadie. Si has sanado tus propias heridas eres amor e irradias amor.

Sólo así se entra en resonancia y se encuentra quien comparta Tu frecuencia de Amor.


Si logras solucionar todos los mandatos adquiridos con respecto al amor podrás enseñarle a otro cómo lograrlo también y podrá acompañarte en el camino de explorar juntos las nuevas dimensiones del amor.

domingo, 13 de octubre de 2013

Ser avaro es vivir en la miseria

Si estás leyendo mi blog, esto lo sabes de sobra. Solo lo comparto para refrescar ideas y tenerlo bien presente, abramos la mente y también el corazón.

Buena semana para todos y que la vida les sonría.

Ser avaro es vivir en la miseria

Ser avaro es vivir en la miseria, pues la persona que no es capaz de dar, tampoco lo es de recibir. La persona que no es capaz de dar, se cierra; tiene miedo a dar. Tiene que ser muy precavido y mantener las puertas y las ventanas cerradas, herméticamente cerradas, para que nada se le escape. Pero esas puertas son las mismas por las que entran las cosas. Si mantienes las puertas cerradas, no podrán afectarte ni el viento ni los rayos del sol; pero tampoco podrás ver las estrellas ni las flores, y su fragancia no impregnará tu yo. El avaro está destinado a vivir en la miseria; está aislado. Vive desterrado; desarraigado como un árbol sin raíces. Su vida no es más que un lento progreso hacia la muerte; no sabe nada de la abundancia de la vida.
Todo lo malo que hay en el hombre es debido a la falta de amor; está de un modo u otro relacionado con el amor. O no ha sido capaz de amar o no ha sido capaz de recibir amor; pero no ha podido compartir su existencia. Ahí radica el sufrimiento, que genera interiormente todo tipo de complejos.
Estas heridas internas pueden aflorar de muchas maneras, pueden convertirse en dolencia física o en dolencia mental, pero en lo mas profundo, el hombre sufre por falta de amor, así como el cuerpo necesita comida, el alma necesita amor, ni el cuerpo puede sobrevivir sin comida ni el alma sin amor.

Osho

lunes, 30 de septiembre de 2013

Justicia

Justicia

Una mañana, cuando nuestro nuevo profesor de "Introducción al Derecho" entró a la clase lo primero que hizo fue preguntarle el nombre a un alumno que
estaba sentado en la primera fila:
¿Cómo te llamas?
Me llamo Juan, señor.
¡Vete de mi clase y no quiero que vuelvas nunca más! - gritó el  profesor en tono desagradable.
Juan estaba desconcertado. Cuando reaccionó del
shock se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió de la clase.
Todos estábamos asustados e indignados, pero nadie dijo nada.
- Está bien. ¡Ahora sí! ¿Para qué sirven las leyes?...
Seguíamos asustados; pero, poco a poco, comenzamos a responder a su pregunta:
-"Para que haya un orden en nuestra sociedad".
-"¡No!" - contestó el profesor.
-"Para cumplirlas".
-"¡No!" , "¡¡No!! ¿Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta?!"...
-"Para que haya justicia" - dijo tímidamente una chica.
-"¡Por fin! Eso es... para que haya justicia. Y ahora ¿Para qué sirve la justicia?"
Todos empezábamos a estar molestos por su actitud grosera. Sin embargo, seguíamos respondiendo:
- "Para salvaguardar los derechos humanos"
- "Bien, ¿Qué más?" - dijo el profesor.
- "Para discriminar lo que está bien de lo que está mal"...
-
Ok, no está mal; ahora bien... respóndanme a esta pregunta: ¿Actué correctamente al expulsar de la clase a Juan?...
¡¡No!!- dijimos todos a la vez.
- ¿Podría decirse que cometí una injusticia?
- ¡Sí!
- Entonces...¿Por qué nadie hizo nada al respecto? ¿Para qué queremos leyes y reglas si no disponemos de la valentía para llevarlas a la práctica?
Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar cuando presencia una injusticia.
¡No vuelvan a quedarse callados nunca más! Vete a buscar a Juan- dijo mirándome fijamente.
Relato de Suzy Benaim

“Al que le quepa el sayo que se lo ponga decía mi abuela”.
Y también decía “A buen entendedor, pocas palabras”.

“Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista,
tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero tampoco me importó.

Más tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual,
tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde.”
Bertolt Brecht
 
Todos tenemos derecho a pensar diferente, a observar la misma situación y verla de una manera distinta y por lo tanto reaccionar de una manera individual. Sin embargo quiero dejarte un pensamiento:

Sólo la acción genera resultados


Patricia Hashuel

domingo, 22 de septiembre de 2013

10,6 segundos


No puedo dejar de compartir este relato de Hernán Casciari. Después de leerlo, sin perderme ni una coma y casi sin respirar, me fui a buscar el video y al final se los dejo para que, si les pasa lo mismo que a mi, no tengan que buscarlo.
Es el relato de un momento único vivido por casi la totalidad de los Argentinos, en donde estuvimos en vilo durante un breve lapso de tiempo para después saltar como locos de alegría. 
Espero que lo disfruten como yo, y ya sé, es largo; y bueno. No siempre se puede ni se quiere ser tan concreto, y a veces, como en esta ocasión, se disfruta de lo lindo el detalle.

10,6 segundos

Para leer lo que sigue más abajo te tiene que gustar la buena lectura y el futbol. Obvio, tenes que estar con tiempo y ganas de leer algo bueno, conocido y disfrutado por todos hasta el más mínimo detalle, visto una y mil veces. Y después, de premio, y no antes, ver el video de apenas segundos que te dejo al final.

Espero que lo disfruten y que se emocionen como yo, gracias Hernan Casciari por tan buen relato.

________

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.
A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.
«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.
Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.
Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos..., pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.
Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.
Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.
Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.
Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.
Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.
Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.
El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.
Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.
¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.
En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.
«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.
Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.
Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.
El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.
Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.
Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.
Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.
Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.
Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.
Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.
No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.
Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.
El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.
Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.
Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.
Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.
Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:
«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».
Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.
Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.
Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.
Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:
«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.
El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.
Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.
Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.
Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.


Maradona - El mejor gol del siglo relatado por Victor Hugo Morales:



lunes, 16 de septiembre de 2013

Deja ya de preocuparte

Deja ya de preocuparte 

Deja ya de preocuparte, de angustiarte tanto... por el mañana.

Para la inmensa mayoría el mañana... es el hoy.

-Deja ya de preocuparte, de atormentarte... por tantas cosas secundarias que no necesitas ni son esenciales para tu vida. Evitarás muchas congojas.

-Deja ya de preocuparte y de inquietarte... por nimiedades y por pequeñeces... que tu mente suele acrecentar, agigantar.

-Deja ya de preocuparte y de apurarte... por todo aquello que no depende de ti ni está en tus manos ni bajo tu control. Eso sí, ten anclada tu voluntad en la del Padre: «El viento mueve la veleta... no la torre». ¿Tú sé torre!

-Deja ya de preocuparte y de torturarte por lo que han dicho o lo que dirán. Tú actúa rectamente... y sigue adelante. Desaparecerán muchos de tus problemas.

-Deja de preocuparte y sentir desazón... porque alguien se ha portado mal, tal vez te ha herido... y experimentas la humillación... Mira una imagen de Cristo crucificado... Te ayudará.

-Deja ya de preocuparte y de inquietarte... porque no has podido ser... ni has obtenido aquello que tanto deseabas. La felicidad estriba en: «Ser lo que ahora eres... y disfrutar de lo que ahora tienes».

-Como dice J. Anouilh: «Las preocupaciones acaban por comerse las unas a las otras... y al cabo de diez años... uno se da cuenta de que sigue viviendo».

José María Alimbau

domingo, 1 de septiembre de 2013

De los amores líquidos

De los amores líquidos - Alberto Matamoros

BAUMAN, Zygmunt. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Ed.: Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005. Trad. Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide.

Después de todo, parece que no somos pocos los que nos gustaría decir eso de «antes… antes se amaba mucho mejor», porque ésta es la hipótesis de fondo que defiende Zigmunt Bauman en Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. El autor nos explica que el frenético consumo de una sociedad de mercado ha degenerado nuestros vínculos personales al tratar al otro, ya sea amante o prójimo, como una mercancía más de la que puedes desprenderte, desecharla, desconectarla con cierta facilidad: «vivir juntos –por ejemplo—adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador» (p. 48). Para el autor los vínculos duraderos despiertan ahora la sospecha de una dependencia paralizante, no son rentables desde una lógica del costo-beneficio. Como es natural esto también afecta a nuestra sexualidad, que una vez liberada del amor se condena finalmente a sí misma a la frustración y la falsa felicidad.

Debo reconocer la fácil inclinación en creer lo que, en definitiva, es la responsabilidad de la sociedad capitalista en nuestra específica forma de amar. Y si bien algo de cierto parece haber en ello, sin embargo no encontramos razones verosímiles en el inconexo contenido de este libro.
Desde otro punto de vista, un estudio sobre un tema en cierto modo tangencial, a saber, la gran cantidad de solteros varones en las zonas rurales de Francia[1] Pierre Bourdieu comienza preguntándose por qué en el valle del Bearne el celibato masculino en los años cincuenta podía representar para los propios solteros y para su entorno el síntoma más relevante de la crisis de una sociedad a pesar de que con un mero examen de las estadísticas esa situación no carecía de precedentes. Bourdieu después de un serio estudio de entrevistas personales y estadísticas por sexos, edades y localidades nos señala que en esa sociedad campesina las mujeres volvían la mirada más hacia la ciudad que hacia su entorno donde sólo les prometían más de lo mismo, es decir, una lógica de intercambios matrimoniales que dependía estrechamente de la jerarquía social, de eso de lo que precisamente querían escapar. Sin embargo, el celibato se convertía en una oportunidad privilegiada para experimentar la condición campesina. Por eso, quizás nosotros deberíamos detenernos en lanzar otra sugerencia: nuestra general crisis de amor se convierte en un síntoma relevante en el momento en el que el varón, en este caso urbano, tiene problemas de amor. Pero Zygmunt Bauman a pesar de citar a Judith Butler, una importante pensadora feminista, no hace referencia alguna a la desigual distribución del amor, pasa por alto una histórica exigencia social para que las mujeres amen sólido y los varones en líquido, no se detiene en el proceso de explotación que ha supuesto “amar demasiado”[2]. Por eso quizá pueda ser pertinente reformular el problema que Bauman expone en su libro con ¿por qué ahora las mujeres también aman líquido? que en el fondo, parece que es lo que ha cambiado significativamente.

Los varones de la zona del Bearne que no tenían pareja de baile eran normalmente los primogénitos, que al haber sido depositarios del patrimonio familiar se habían acomodado en esa privilegiada situación, la misma de la que los menos beneficiados querían salir. Esos varones primogénitos no querían renunciar a nada: ni al linaje patrilocal, ni a la familia tradicional, ni al patrimonio; pero en lugar de explicarse su situación como acomodamiento la vivían como la crisis de la clase campesina. Quizá sea por eso por lo que antes de proclamar la crisis del amor – que es lo que realmente significa amor líquido—el autor deba investigar previamente si es que no nos hemos acomodado en algún que otro privilegio del que ahora se nos priva.
Más o menos en esa misma época pero en Turín, con un ambiente urbano, M. Antonioni filmaba este fragmento de guión:

«CLELIA: Soy demasiado independiente para ser una mujer tranquila en una casa modesta. Trabajar es también mi forma de ser mujer, de amar, de participar en la vida ¿entiendes? Quizás un día tenga suerte y encuentre un hombre con el que pueda vivir sin que él o yo tengamos que renunciar a nosotros mismos. Pero si tú y yo vivimos juntos, Carlo, estoy segura de que uno de los dos sería infeliz.
CARLO: Tal vez. Yo no consigo imaginar la infelicidad cerca de ti, pero no te pido que arriesgues la tuya.
CLELIA: ¿Crees que es fácil renunciar a ti? Me siento como una mujer en peligro»[3]

La protagonista lo tiene algo más claro que los varones primogénitos de la zona del Bearne, pierde a Carlo, entre otras cosas, porque no puede renunciar a su forma de ser mujer. Puede que ahora sean los varones urbanos los que se pregunten por las crisis de amor cuando está sucediendo realmente otra cosa. ¿Por qué Bauman ve una elección utilitarista de los amantes ahora, a este lado de la valla, cuando estamos un poco más lejos de la lógica de intercambio matrimonial como método de ascensión social y patrimonial, cuando no es muy frecuente ver buscar explícitamente un “buen partido” como modo de subsistencia? No debería medirse la crisis del  amor por el número de parejas rotas porque podríamos confundir el amor con la dependencia y acabar estudiando lo difícil que es amarnos como seres independientes. La independencia, que a lo largo de la historia han tenido los varones en un contexto de dominación masculina, les permitió amar líquido durante mucho tiempo y en muchos relatos. A Fantina, la pobre mujer que describió Victor Hugo en Los miserables, la dejó con una hija y en la miseria Félix Tholomyès, un estudiante insignificante; por no hablar de la Margarita de Goethe que también sufrió de los efectos del frágil amor de Fausto. Para las mujeres ese derecho político es muy reciente. Ser independiente te da la oportunidad de poder renunciar incluso al amor, de estar en peligro –como dice Clelia— poniendo en tus propias manos la causa del intenso dolor de un desamor. No, no es fácil.
A pesar de todo, Bauman intenta, siguiendo la estela de Richard Sennett y Ulrich Beck, ir un poco más allá de de los actuales prejuicios que sobre el amor y el sexo hay en lo que él denomina modernidad líquida pero, a nuestro juicio, no llega a conseguirlo porque mantiene los mismos esquemas de valoración e interpretación que los sustentan. Quizá deberemos aplazar para mejor ocasión lo que nuestro espíritu nostálgico nos repite con insistencia: eso de  «antes… antes se amaba mucho mejor».

[*] Alberto Matamoros es Licenciado en Ciencias Políticas por la UCM y cursa actualmente estudios de doctorado en Filosofía

Notas:
[1] BOURDIEU, Pierre. El baile de los solteros. Editorial Anagrama. Barcelona. 2004. Trad. Thomas Kauf

[2] Sobre el amor como instrumento de dominación masculina véase JÓNASDÓTTIR, Anna G. El poder del amor. Ediciones Cátedra. Madrid. 1993. Trad. Carmen Martínez Gimeno. (pag.314 y ss)


[3] Las amigas (1955), de Michelangelo Antonioni. En este film precisamente las mujeres que aman sólido acaban perdidas, una renunciando a su talento y otra suicidándose.

Gabriel José García Márquez

Gabriel José García Márquez   Aracataca ,   Magdalena ,   Colombia ;   6 de marzo   de   1927 Ciudad de México ,   México ;   17 de abril   ...