domingo, 10 de abril de 2016

La particularidad de Argentina y Japón - 2º parte



La "particularidad" de Argentina y Japón - 2º parte

Este tema sigue interesándome mucho y recientemente me encontré con esta frase de Simón Kuznets que una vez más ataca de nuevo y me despierta la curiosidad sobre cómo se sigue viendo esta comparativa de alguna manera odiosa, poniendo a la Argentina en el extremo nefasto, en el ejemplo a no seguir.
De los ríos de tinta que hay escritos sobre este tema seleccioné cuatro notas muy interesantes, cada una en su momento y cada una con su visión particular. En principio serían solo tres, pero me encontré con un reportaje al ex ministro Argentino de Economía Roberto Lavagna y, la verdad, hace un resumen muy interesante sobre evolución (O involución) de la historia económica Argentina  muy esclarecedora. Espero que les puedan dedicar tiempo a todas ellas, no tienen desperdicio.

Bueno gente, espero disfruten de lo que queda de este Domingo y empiecen una gran semana.

Daniel

“Argentina, caso excepcional” Por Andres Asiain y Lorena Putero - Domingo, 20 de abril de 2014

Se atribuye al economista rusoestadounidense Simón Kuznets, famoso por sus estudios empíricos sobre distribución del ingreso y crecimiento económico, haber formulado la siguiente frase: “Existen cuatro clases de naciones: países desarrollados, países en desarrollo, Japón y Argentina”. La excepcionalidad del Japón sería en sentido positivo, reflejando su capacidad para el despegue económico pese a sus escasos recursos naturales y su recuperación de catástrofes como los bombardeos norteamericanos que envolvieron en llamas sus principales ciudades coronadas con dos bombas nucleares al cierre de la Segunda Guerra Mundial. La Argentina sería un ejemplo de excepcionalidad negativa, dado que pese a sus amplios recursos naturales y el temprano desarrollo de sus fuerzas productivas habría sufrido un persistente deterioro de sus indicadores económicos.
El hecho de que no haya una referencia precisa que permita dar crédito a la cita no impide que la frase sea mencionada en forma frecuente por un grupo de economistas. Es que la baja autoestima nacional que detenta gran parte de esos profesionales necesita alimentarse de la opinión desaprobadora de figuras de prestigio internacional. En ese ritual autodenigratorio de probable origen colonial, poco importa si la frase es cierta o inventada, mientras cumpla la misión de reafirmar el complejo de inferioridad nacional.
Lo endeble del mito de la Argentina como un caso histórico excepcional no requiere para su demostración ir demasiado lejos en la historia de la humanidad, que está plagada de imperios que se vinieron a menos dejando como recuerdo de su grandeza pirámides y otras obras faraónicas, o bien de pueblos que tras ser cuna de la democracia y la cultura “occidental”, hoy enfrentan el ajuste de la troika comandada por los bárbaros sajones. Basta con mencionar el despegue y posterior aterrizaje forzoso de la Unión Soviética en el siglo XX, frente a la cual nuestra presunta debacle nacional bien puede clasificarse como un poroto. Por otro lado, la abundancia de recursos naturales convive con la miseria en la mayor parte de los países del tercer mundo, hecho que pareciera ser más bien la regla que la excepción.
El mito de la excepcional debacle argentina se basa en otros dos mitos. Uno, el de la prosperidad en tiempos del granero del mundo, cuando esa supuesta grandeza nacional estaba sustentada en un importante desarrollo bajo el comando del capital británico del sector primario exportador, que se vino abajo tan pronto como Inglaterra declinó como potencia y viró su estrategia internacional entre las dos guerras mundiales. El otro, la supuesta decadencia nacional durante la etapa industrial, que si bien no catapultó al país al carácter de potencia, permitió una importante mejora de la calidad de vida de la población trabajadora (que superaba los de países vecinos y varios de Europa a mediados de los ’70).
La decadencia nacional se produjo a partir de la última dictadura militar, y no se requieren teorías excepcionales para comprender sus causas. Una política de reducción de salarios y condiciones de vida de los más humildes motorizada por un gobierno autoritario que bañó de sangre al país para implementarla. Una liberalidad comercial que debilitó a la producción nacional y el empleo. Una política financiera que sobreendeudó a la economía hasta embargar la soberanía económica con un grupo de bancos y organismos internacionales que mantuvieron el control de la política económica ya vuelta la democracia.

El fin de los errores groseros - Iván Petrella Para LA NACION - Viernes 24 de julio de 2009

Simon Kuznets, premio Nobel en Economía, alguna vez dijo que había cuatro tipos de países en el mundo: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Estos dos, países de excepción, pero por razones distintas. El primero, a pesar de sus características de país chico, sin recursos naturales y muy poblado llego a ser una potencia económica. El segundo, el nuestro, un país grande, con recursos naturales, poco poblado aunque educado, que se suponía tenía todo para ser potencia, pero que sigue a la deriva. Hoy mismo el mundo se pregunta por qué las cosas han resultado así.
Las razones detrás del fracaso o el éxito de los países son siempre múltiples y entran en juego circunstancias externas. Pero como bien enseñan los filósofos estoicos, uno se debe preocupar por lo está bajo su control. Como país, lo que podemos controlar son nuestras propias políticas. Haciendo un repaso de los últimos cuarenta años de nuestra historia vemos que una y otra vez hemos cometido errores groseros que nos han empujado al fracaso. En algunos casos compartimos esos errores con nuestros países vecinos, en otros a contramano de ellos. Mi tesis es también mi esperanza: que hayamos aprendido del pasado y agotado ya el catálogo de errores groseros por cometer.
En los años sesenta y setenta compartimos dos grandes errores con casi todo el continente, la guerrilla y el golpismo. No voy a entrar en el debate de quién es culpable por esos años violentos. Lo importante es que hemos dejado definitivamente atrás la violencia guerrillera como método de accionar político y la dictadura militar y las violaciones a los derechos humanos como forma de gobierno. La siembra del terror como recurso, sea de derecha o de izquierda, ya no forman parte, felizmente, de nuestra vida nacional.
En la década de los ochenta, el grosero error de emitir dinero como método de financiamiento del Estado culminó en la hiperinflación de 1989 y el fin del gobierno de Raúl Alfonsín. La combinación de un Estado extendido -mucha empresa pública ineficiente y actividad subsidiada- y las demandas sociales de una nueva democracia resultó una carga demasiado pesada para un Estado con poco financiamiento externo por la crisis de la deuda y un escenario internacional indiferente. El error de emitir dinero de forma masiva lo compartimos con otros países: Bolivia tuvo una hiperinflación en 1985, Perú un caso simultáneo al nuestro, y Brasil poco tiempo después. Nuevamente aprendimos de una experiencia traumática. Hemos dejado atrás, deseo creer, la emisión de billete como estrategia para financiar al Estado.
En los noventa el error grosero fue el endeudamiento externo. Nuestro optimismo, y el optimismo global ante las reformas hechas nos llevó a tener un nivel de gasto público y privado excesivo. El Estado y el sector privado se endeudaron y, gracias a ello, manteníamos un alto nivel de consumo que no estaba fundamentado en la productividad de la economía. A pesar de que la convertibilidad permitió llevar adelante inversiones postergadas por décadas, generamos un endeudamiento que circunstancias externas e internas demostraron que no estábamos en condiciones de pagar. No fuimos los únicos en caer en la trampa de la deuda. Las economías de México, en 1995, y de Brasil, en 1999, estuvieron al borde de la cornisa. No cayeron porque recibieron una ayuda externa que a nosotros nos fue negada. Las razones por ese hecho no las voy a discutir acá.
En la última década, el error grosero es lo que podríamos llamar la "chavización" de la economía y la política. Cabe notar que los Kirchner no son los únicos culpables de este error. Las raíces de la chavización son un default y una devaluación inexplicablemente ovacionadas en el Congreso Nacional, que licuó las deudas de muchos sectores pero que aisló al país y sumergió a casi la mitad de la población en la pobreza o la indigencia. Nuestra falta de confiabilidad se profundizo con la negación de sincerizar el default , la estatización de los beneficios económicos más rentables, las retenciones, la pelea con el Fondo Monetario, y la ausencia de seguridad jurídica, expresada en la manipulación de las cifras del Indec, la autonomía recortada del Banco Central y la usurpación de las AFJP. Como no somos un país confiable, nadie invierte o nos presta. No queda otro recurso que manotear lo de adentro, sean los jubilados o las reservas o recurrir a Hugo Chávez que prestaría a tasas usurarias.
El resultado de las últimas elecciones abre la esperanza de que estemos por dejar atrás el error de la chavización también. ¿Se vendrá otro grosero error? No se me ocurre cuál podría ser, ya que ni nuestros vecinos ni el mundo nos invitan a ello.
Hace muchos años fui a ver la película italiana Il ultimo baccio , sobre las desventuras de un grupo de amigos treintañeros que no saben si casarse o prolongar las aventuras de la soltería. En ella hay dos frases que siempre recuerdo. La primera está en boca de uno de los amigos casados, poco feliz, con un bebe recién nacido y una mujer con reclamos constantes. Este dijo, "la única salida es la fuga." La segunda viene de otro amigo casado, pero feliz, que sostenía, "la verdadera revolución es la normalidad".
Hace tiempo me identificaba con la fuga, hoy creo en la normalidad. Es hora de que como país creamos en ella también. Para la Argentina, la normalidad sería realmente revolucionaria. Que así sea.
El autor es Ph.D. de la Universidad de Harvard y profesor de Filosofía y Religión en la Universidad de Miami

Argentina: lugar común – 07/07/2015



Argentina, como cualquier otro país, no es raro, ni excepcional. Es, apenas, complejo. Y si algo caracteriza la “complejidad” argentina es su inconstancia. 2016 es un año bisagra. Una oportunidad más, en un contexto adverso pero manejable. Ya estuvimos acá, pero nunca fue igual que esto. Si no miramos de frente al fracaso, si no sentimos la necesidad de interrogarnos sobre nuestros errores, nuestro futuro no será muy distinto que esto.
Por Eduardo Levy Yeyati - Economista y escritor
Extracto de “Porvenir. Caminos al desarrollo argentino” (Sudamericana), de Eduardo Levy Yeyati, 2015

Cuentan que el Premio Nobel de Economía Simon Kuznets decía que había cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Con esto no sólo insinuaba un supuesto carácter especial, único de nuestro país, sino sobre todo una suerte de determinismo económico de compartimientos estancos. Más allá de las políticas y experimentos con los que se intente torcer el destino, un país será lo que fue.
La historia mostró que esta distinción de Kuznets (probablemente apócrifa, vale aclarar) era más tenue de lo que él imaginaba: países como Israel, Singapur o Corea se desarrollaron, mientras que países desarrollados como Grecia perdieron su brillo. Y Japón, el campeón de los 80, entró en los 90 en una recesión de la que aún no sale.
Sin embargo, desde aquel enunciado hasta la más reciente tapa del semanario británico The Economist mostrando a un Messi desangelado y de espaldas, la Argentina sigue siendo vista como el paradigma de lo inclasificable, de la oportunidad perdida, del fracaso previsible e inexplicable. Argentina es el blanco fácil del lugar común, al que la prensa extranjera vuelve como se vuelve al celebrity que dio el mal paso, en busca de la nota didáctica y sentimental. La Argentina es ese amigo prometedor y canchero cuyo fracaso apena en público y regocija en privado. Incluso a los propios argentinos.
“Hay mucho para amar de Argentina”, decía en 2014 The Economist, y se devanaba lo sesos pensando por qué dejamos de ser ricos como lo éramos en 1920. “Desde sus gloriosos descampados patagónicos hasta el mejor futbolista del mundo, Lionel Messi,” incluyendo “la gente más apuesta del planeta”, abunda en elogios de observador casual el corresponsal británico, desde su mesa de Palermo o Puerto Madero. Pero enseguida advierte que el país es un desastre: “Harrods cerró en 1998”. (Puesto así: Patagonia, Messi y gente linda de un lado, Harrods del otro, no parece que tengamos un problema insalvable. Lamentablemente, la realidad es menos pintoresca que lo percibido por el corresponsal en su breve periplo porteño).
Tenemos que resistir estas simplificaciones. Argentina, como cualquier otro país, no es raro, ni excepcional. Es, apenas, complejo. Y si algo caracteriza la “complejidad” argentina es su inconstancia, eso que el frío lenguaje científico llama “volatilidad”. Argentina es inconstante tanto en su economía como en sus expectativas y consensos. Así como pasamos de la recesión del siglo a las tasas chinas, transitamos del fatalismo de las crisis al triunfalismo de las recuperaciones.

Podríamos hablar, por ejemplo, de las asignaturas pendientes. Decir que, después de treinta años de democracia y diez de bonanza, tenemos 30% de inflación, saldo comercial cero y crecimiento enano. Que tenemos un déficit fiscal contenido con ajuste de jubilaciones, reservas internacionales flaqueando a pesar de los cepos, servicios públicos anémicos, viviendas precarias, educación a marzo. Podríamos decir, en suma, que Argentina está condenada al fracaso.
O podríamos hablar, en cambio, de todo lo bueno que nos espera. Decir que tenemos recursos naturales, financiamiento externo haciendo fila para entrar y capital humano para industrializar nuestros productos primarios o desarrollar servicios de exportación. Que a pesar del desgaste de nuestra imagen internacional, Argentina está en una posición privilegiada para recuperar su rol de articulador diplomático regional, como el que juegan Francia en Europa o Corea en Asia. Que un país que se levanta de las cenizas como lo hizo Argentina en 2002 tiene el capital empresarial para encontrarle la vuelta al desarrollo sin emular a países con recursos y realidades políticas distantes. Podríamos decir, en suma, que Argentina está condenada al éxito.
En ambos casos, nos sacamos de encima la tarea, desplazamos la responsabilidad hacia afuera, adoptamos la actitud pasiva de quien merece lo peor o lo mejor. A las propuestas constructivas oponemos el fatalismo: eso nunca será posible con nuestros políticos, nuestra corrupción, nuestras instituciones. Seguí soñando. Y de pronto, en un giro ciclotímico digno de otras disciplinas, crecemos a tasas chinas un par de años y enseguida nos subimos al caballo del nuevo modelo nacional y popular, ninguneando a los países que crecen de manera más pausada y esforzada, sólo para volver al fatalismo del subdesarrollo cuando más tarde el crecimiento se detiene y comienzan los controles y restricciones típicos del gastador sin plan de contingencia. Hasta que la nueva ilusión, la soja o el petróleo o la lluvia de dólares, nos devuelve las esperanzas y la propensión a asignar recursos que aún no tenemos. ¿Será que la estabilidad nos angustia?

¿De dónde venimos?
Sinteticemos todo en un solo párrafo largo. La crisis de la deuda de principio de los 80 nos llevó al déficit crónico (para pagar la deuda) del resto de los 80, a la emisión desesperada de moneda, el colapso de las tablitas y las hiperinflaciones. Las hiperinflaciones que voltearon al gobierno de Alfonsín nos llevaron al atajo, también desesperado, de la “convertibilidad” (para bajar la inflación), que a su vez derivó en el endeudamiento en dólares de los 90, al enamoramiento con el dólar como remedio para la incontinencia monetaria, a la ilusión del uno a uno eterno, y a la recesión de 1998 que, tras una larga agonía, llevó a su vez a la crisis de 2001, a los controles cambiarios y al default. La crisis de 2001 nos llevó a su vez a una licuación de pasivos públicos y privados y a una combinación de salarios bajos y tarifas subsidiadas que aceleraron una recuperación basada en una rentabilidad privada extraordinaria, hasta que la licuación y el déficit y el obcecado rechazo del financiamiento externo nos llevaron otra vez a la corrida cambiaria, los controles, el default.
En una charla reciente con Michael Reid, hasta hace poco director para Latinoamérica de The Economist, le describía la década post convertibilidad como un palíndromo. Partimos en el 2000 con déficits gemelos (fiscal y externo), destrucción de empleo y salario, aumento de la pobreza y la inequidad, crecimiento nulo, exceso de endeudamiento, caída de reservas, moneda sobrevaluada. De ahí pasamos en 2002 al desendeudamiento con un peso devaluado, crecimiento a tasas chinas, recuperación del empleo y el salario, mejora de la pobreza y la inequidad, acumulación de reservas, superávits gemelos. A los pocos años volvimos sobre nuestros pasos: lenta apreciación del peso, pérdida de los superávits, caída de reservas, pérdida de empleo y reducción de salarios, aumento de la pobreza y la inequidad, recesión y endeudamiento.
Naturalmente, el arco de estos años no es perfectamente simétrico: la historia es siempre más compleja que las formas clásicas, y no se repite a sí misma más que a grandes rasgos. No estamos en 2001, ni el 2016 será el 2003. Pero el guión de la década se parece demasiado a una secuencia capicúa, una película pasada primero para adelante, luego para atrás. De la crisis al milagro a la crisis y vuelta a empezar. Esta belleza canónica del palíndromo esconde una interpretación más conceptual y menos halagadora de los últimos años: la aparente imposibilidad de escapar la ronda de repeticiones. Y una insinuación, la posibilidad de que efectivamente el 2016 sea como el 2003, y el 2020 como el 2015.

Ahondar acá en lo que sucedió en el mundo en los últimos años nos desviaría demasiado de nuestra hoja de ruta. Pero sí vale la pena entender qué es lo que nos espera en 2016. El mundo no determina nuestro destino pero es ingenuo pensar que podemos imaginar el comienzo de ciclo sin tomar en cuenta los cambios que se están produciendo más allá de las fronteras.
Granos y petróleo en baja, crecimiento moderado (cercano a cero en la zona del euro y en Japón) a pesar de contar con estímulos monetarios excepcionales, bilateralismo comercial a contrapelo del multilateralismo del Mercosur, un exceso de liquidez global amenazado por la caída de los commodities, demanda mundial más intensiva en incorporación de tecnología. En fin, un 2016 sin viento de cola a merced de los motores domésticos que nos interpela: ¿la Argentina puede vender algo más que recursos naturales más o menos elaborados? ¿Dónde quedó nuestra ventaja logística, nuestra capacidad de incorporar conocimiento a la producción de bienes y servicios? ¿Cuáles son los argumentos del optimismo, más allá de la bella ilusión del supermercado del mundo o el espejismo de Vaca Muerta?
El misterio del desarrollo es mucho más complejo que nuestra historia mítica de riqueza perdida. Pero, para resolverlo, tenemos que despojarnos del fantasma de la riqueza perdida. Y de muchos prejuicios que se han exacerbado y anquilosado en estos últimos años, y que son un obstáculo a la hora de poblar y popularizar una propuesta de cambio.

¿Le perdieron nuestros políticos las ganas al futuro? Y si los políticos son apenas los emergentes del voto, ¿le perdimos nosotros las ganas al futuro? Argentina parece congelada en el puro presente. Fugaz como la señal del celular, como los discursos presidenciales, como las alianzas electorales. A la deriva, un país en loop.
Pero también esto puede ser sólo una ilusión. Porque al fin de cuentas un loop es la repetición mecánica de un fragmento musical. Y, como dice Diedrich Diederichsen, lo que escuchamos en un loop es siempre distinto porque, a cada repetición, nosotros estamos cambiando. Y en estos cambios en nosotros mismos está nuestra esperanza de futuro.
Este capítulo es apenas la primera estación, la del paso atrás para ganar perspectiva. Lo que sigue es un ensayo de recorrido abierto sobre los obstáculos al desarrollo, pero también sobre los argumentos para el optimismo. 2016 es un año bisagra para la Argentina. Una oportunidad más, en un contexto adverso pero manejable. Una oportunidad de cambio con éxito incierto. Ya estuvimos acá, pero nunca fue igual que esto. No teníamos esta experiencia, esta perspectiva, esta ausencia de excusas. Si no miramos de frente al fracaso, si no sentimos la necesidad de interrogarnos sobre nuestros errores, nuestro futuro no será muy distinto que esto.
La historia no se repite. No estamos condenados a nada.

Escribe para Bastión Digital

www.bastiondigital.com

 “Es el final del tobogán, esperemos caer sobre arena”

Roberto Lavagna - 31/08/2014



Empiezo por algo que los economistas conocen muy bien, algo que hace algunos años dijo un Premio Nobel de Economía (N. de R.: lo ganó en 1971, murió en 1985), Simon Kuznets. Hay cuatro clases de países: los países desarrollados, los países subdesarrollados, Japón y la Argentina.
Como toda simplificación, tiene algo de exceso, pero tiene mucho de verdad. Japón, por las razones obvias: la escasez de recursos, la intensa densidad poblacional y demás; sin embargo, ha hecho un proceso de resurgimiento, después de la Segunda Guerra Mundial, excepcional. Argentina, al revés: grandes espacios, población escasa para lo que es nuestro territorio y una enorme base de recursos, tanto naturales como humanos; sin embargo, le cuesta arrancar.

Argentina es, somos, siempre el país del futuro. Y la verdad es que a veces nos empezamos a cansar de ser el país del futuro. Queremos empezar a ser el país del presente, y un presente claramente mejor en términos del bienestar de los argentinos.

En torno a la historia económica argentina hay muchos mitos. Desde el país riquísimo, más que países europeos, hasta la idea de hoy: un país totalmente fracasado. Las cosas no son tan así. Hay una manera de mensurar lo que ha sido la evolución económica desde el 1900 en adelante, que es, más o menos, donde hay algunas estadísticas creíbles. La manera de hacerlo es compararnos, fijar un benchmark; de alguna manera, el mejor nivel existente, que eran, y siguen siendo, los Estados Unidos. Entre 1900 y 1938, el producto per cápita de los argentinos era, en promedio, el 67% del producto per cápita de los Estados Unidos. Entre 1939 y 1944, esa proporción baja a un poquito más del 48%. Y entre 1945 y 1975, incluso mejora un punto: está en 49%. Ustedes pueden decir: “Ahí hay una baja fenomenal”. Sí, pero la baja hay que relativizarla, porque no sólo le ocurrió a la Argentina; le ocurrió a Australia, por ejemplo, que es uno de esos países con los cuales solemos comparar las posibilidades de la Argentina, porque lo que hubo fue un crecimiento espectacular de los Estados Unidos. Fíjense que estamos hablando de 1939 en adelante. La economía americana se transformó decisivamente en la primera economía mundial, creció mucho más rápido que todas las economías del mundo, de manera tal que todos perdimos respecto de ese benchmark que son los Estados Unidos.

El problema empieza con más claridad a partir de 1975. Habíamos dicho 1945-1975, habíamos incluso mejorado un puntito, estábamos en 49%. Desde 1975 en adelante empieza una caída muy sostenida, y hoy los promedios, comparando con los años 1990, 2010, están en torno al 30%. Desde aquel 67% inicial es una caída de más de treinta puntos. Una parte de esa caída fue justificada, como digo, porque no fue sólo un fenómeno argentino, sino que el fenómeno fue el crecimiento americano, y una segunda parte que empieza, fundamentalmente, en 1975, cuando la caída es muy grande.

Australia terminó cayendo 7%, sobre todo en ese período de gran crecimiento de los Estados Unidos. La Argentina cayó 33 puntos. Y esto es lo que le da alguna justificación a esta frase de Kuznets. Efectivamente, no es normal que un país haya tenido un proceso de retraso relativo y absoluto, sobre todo a partir de 1975, como éste.
Tendríamos que quedarnos días hablando de cuáles pueden ser las razones, y no necesariamente ponernos de acuerdo. Pero no fuimos en ese período una economía centralizada, una economía al estilo de lo que pudo haber sido la Unión Soviética, donde los errores tenían que ver con la imposibilidad objetiva de programar toda una economía. La Unión Soviética producía gorros y guantes en verano y camisetas en invierno, sencillamente porque no hay forma, por más que uno lo intente desde una gran oficina de planificación, de lograr una asignación racional de recursos. Pero tampoco fuimos una economía de mercado. Fuimos una economía que oscilaba entre períodos muy liberales o conservadores, según se quiera decir, más cerca de las economías de mercado, sin tener en cuenta que los mercados también tienen fallas y que a los mercados, en algún punto, hay que regularlos, y períodos populistas, en los que había una intervención llena de buena voluntad pero con escasos resultados. Si algo faltó durante todo este período, por las oscilaciones que se fueron dando, es la confianza, y la confianza en una sociedad es absolutamente fundamental en cualquier materia. Y, sobre todo, en una materia tan sensible como es el comportamiento en materia económica.

Se ha dicho muchas veces que no hay una víscera más sensible que la billetera. De manera tal que la confianza es un factor fundamental. Y la confianza nos viene faltando desde hace muchos, muchos años. Les muestro simplemente los últimos, desde 2003 en adelante: la salida de capitales. ¿Qué tiene que ver la salida de capitales con la confianza? La falta de confianza es la que impulsa una salida, en lugar de atraer capitales, como es normal en una economía que está en pleno desarrollo y que tiene el potencial que tiene la Argentina.
En todos esos años van a ver solamente dos años en verde. Hay años muy negativos, donde han llegado a salir 23 mil millones de dólares, que terminan invertidos en otros lugares del mundo. Hay, sin embargo, una diferencia muy importante entre esos dos puntitos verdes: el último (N de R: se está refiriendo a un cuadro en el que están señalados los años en fuga de capitales que muestra a 2005 y 2013 como los únicos años en los que hubo ingreso de capitales) es fruto de una fenomenal represión en términos del acceso a un mercado libre de divisas. En tanto que el anterior, el de 2005, corresponde a un período en el cual hubo un momento de confianza que generó una avalancha de capitales, y hubo que poner una restricción no al egreso sino al ingreso de capitales para que eso no produjera una serie de efectos negativos en la economía por lo súbito de ese ingreso.

La contracara de la salida de capitales es lo que pasa con la inversión. Para el mismo período que mostraba el cuadro anterior, está cuánto ha variado la inversión respecto del año precedente. Para que un país como la Argentina crezca alrededor de cinco puntos, cinco puntos y medio, que es una buena tasa de crecimiento por año, hace falta que la inversión crezca respecto del año precedente de manera sostenida alrededor del 20%. Desde 2006 en adelante, incluso pueden poner 2006 porque fue del orden del 18%, desde ahí en adelante la inversión nunca volvió a alcanzar el nivel que debía tener. Incluso hay tres años (N de R: 2007, 2008 y 2009) en los cuales la inversión no sólo no creció, sino que decreció porque, como toda inversión, está sujeta a amortizaciones, a desgaste, y ni siquiera se logró reemplazar el capital del período anterior. Esto tiene mucho que ver con los problemas de empleo que todos conocemos, particularmente de los jóvenes y de las mujeres, sencillamente porque la manera genuina de crear empleo (la otra es la administración pública) se da cuando hay inversión sostenida. Durante alrededor de cuatro años se creció casi 9%. Después de 2007 y hasta 2011, ya hay un bajón importante, aunque todavía la tasa es relativamente buena, de cuatro puntos y medio. Y finalmente, los últimos tres años, con una hipótesis para este año muy, muy moderada, que probablemente no se dé, la tasa de crecimiento está en medio punto por año, cuando la población crece más del 1%.

La economía argentina es capaz de tener períodos en los que crece a tasas de 8-9%, y muy poco tiempo después resulta que la tasa de crecimiento ni siquiera cubre la de la población. Los últimos años, pero desde 2007 en adelante, no sólo se fue cayendo la tasa de crecimiento, sino que hay una fuerte volatilidad, que no es neutra. Puede ser relativamente neutra para empresas de gran porte, que tienen capacidad de planificar y que tienen capacidad financiera. Pero para las empresas medianas y pequeñas es definitoria. Basta que haya uno o dos años malos para que las empresas desaparezcan o no crezcan. Por ejemplo, en estos años que estamos viendo ahora (N de R: 2012, 2013), cuando la tasa de crecimiento baja a medio punto, el número de empresas que se mueren por año es mayor que el número de empresas que se crean.

Si ustedes van ahora de 1975 al año 2001, la tasa de crecimiento de estos 27, 28 años es del 1,4%. Apenas un poquitito por encima del crecimiento de la población. Fíjense en no sólo la tasa baja de crecimiento, sino en la fenomenal volatilidad que hay ahí.

En ese período hay tres grandes crisis. La de 1981-82, que duró dos años y se perdió el 8% del producto bruto; cayó la riqueza de los argentinos, en promedio 8%. Después está la de 1989-90-91, que ya duró tres años, no dos, y se perdió el 12% del producto. Y después está la de mitades del ’98 a mitades de 2002, cuatro años, y se perdió el 21% del producto. Entonces esto, para el período 1975-2001, justifica esa frase de la excepcionalidad negativa de Kuznets de la Argentina.

Después viene la gran crisis, viene una recuperación impensada de la economía argentina, con un gran esfuerzo de la sociedad, con tasas de casi el 9%, y después vuelve el período de volatilidad y bajo crecimiento. Hoy Argentina es un caso de libro de texto de países que no saben manejar la bonanza, porque cuando están creciendo bien y con condiciones macroeconómicas equilibradas, caen en la tentación de entrar en algún ensayo de tipo populista, la tentación de repartir y de olvidarse de cómo se crea.

En esto no somos el único país del mundo. Sobre todo les ha pasado a los países petroleros, no saber manejar las bonanzas. Ya desde el primer shock petrolero, allá en el año ’72, cuando recibieron una enorme masa de recursos y, en general, la desperdiciaron. Hay algunas excepciones; la más obvia es Noruega, que tiene hoy el fondo soberano más grande del mundo porque ha ido acumulando con vistas a las generaciones futuras. Los ejemplos negativos sobran: Venezuela, Nigeria, incluso Medio Oriente, que no ha sabido aprovechar esos ingresos. Esta es mi opinión personal: en la Argentina, los errores económicos más grandes se han cometido siempre en los momentos de bonanza, no en los momentos de crisis. Al revés, cuando hay crisis, suele salir el animal spirit de toda la sociedad y termina siendo capaz de generar una recuperación económica cuando muchos pensaban que era imposible que se diera. En 2001 se suponía que iba a costar diez años recuperarse. Hay países a los que les cuesta, Grecia está ahí. Ya va por el octavo año después de su crisis, a pesar de estar en el marco de la Unión Europea, y sin embargo no logra recuperarse.

No se puede hacer periodismo económico en serio si uno no tiene un telón de fondo donde cada una de las noticias cotidianas, que son cambiantes, no es puesta en el marco de un cierto contexto de cómo han venido funcionando el país y la sociedad. Les decía mi opinión personal sobre los momentos en los que se cometen más errores, y les agrego otro concepto, que es la importancia que tiene –cuando se analiza y se escribe de economía y se hace periodismo económico– conocer la dinámica de los procesos. No basta con decir “está pasando esto” cuando ya es evidente que las cosas han pasado. Las sociedades necesitan tener alguna percepción de mediano plazo; mínimamente, adelantarse a los acontecimientos. La economía argentina entró en un tobogán en los años 2006-2007; y hoy estamos en 2014-2015. La única diferencia que hay es que la cola estaba puesta en la punta de arriba del tobogán, y hoy la cola está cerca de llegar adonde uno llega cuando está en el tobogán. Hay una dinámica que durante muchos años la sociedad ignoró. Primero, porque tiene la suerte de no tener por qué ser economista, y por otro lado, porque no encontró un periodismo con capacidad de prever y adelantar algunas cosas y decirles: “No es que este año crecemos 0,5 y que el año que viene va a ser espléndido. No, ese 0,5 está puesto en el marco de un proceso que va de nueve, o casi nueve, a cuatro y pico, a uno y pico, y finalmente a 0,5”. Eso es un tobogán, eso es una dinámica en la que uno debe poner los acontecimientos económicos y políticos con alguna capacidad de adelantarse, porque esto no sólo permite, en lo técnico, corregir algunas cosas, sino que tiene hasta un valor psicológico: evita los desencantos, evita los desengaños.

Recuerden: se eligió un presidente en 1995, y un año después nadie lo había votado. Como si hubiera nacido de un repollo. No hace mucho se eligió una presidenta con el 54% y hoy ya veremos lo que dicen las urnas, algo ya dijeron en octubre, pero, en todo caso, lo indican las encuestas, lo indica el humor social que todos tenemos, que está muy lejos de ese porcentaje.

Esos desencantos son fruto de sorprenderse frente a lo que está pasando cuando, desde el punto de vista técnico, está todo en la mano como para ver que hay una dinámica que conduce hacia abajo.
Ya que empecé con la frase de un Premio Nobel, termino con la de otro. Jan Tinbergen, el primer Premio Nobel de Economía (1969), que dijo que la mejor manera de evaluar la calidad de una política económica es mirar, cuando el gobierno se está yendo, si deja más o menos margen de acción al que viene.

Si deja menos margen de acción, esa política económica fracasó, en distinto grado, pero fracasó porque le está dejando una herencia con menos margen de movimiento. Si le deja un margen de acción importante, ésa es una política que cumplió con su rol por lo menos en un determinado momento histórico.

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Gabriel José García Márquez

Gabriel José García Márquez   Aracataca ,   Magdalena ,   Colombia ;   6 de marzo   de   1927 Ciudad de México ,   México ;   17 de abril   ...